Ser feliz es muy complicado, sino imposible. Es mucho más accesible disfrutar esos momentos de felicidad que hacen que, en la balanza, esto del “camino de espinas”, merezca la pena. Más allá, lo que menos conviene es pertenecer al conjunto de “los no felices”, de los que me gustaría analizar algunas características para que, si se reconocen –o reconocen a alguien así- puedan echarse/le una mano para abandonar ese territorio tan frustrante y siniestro.
Así, “los no felices” son quienes, por ejemplo, buscan el amor y ser queridos y, cuando encuentran a quien siente por ellos, nunca tienen bastante, encontrando todas las pegas para terminar por alejar a cualquiera por tan alto nivel de exigencia. O también esos que “necesitan” siempre hacer más y más cosas y cambiar de trabajo de continuo, inundar su agenda de viajes, y de actividades, y de entretenimientos porque, en el fondo, nada les termina de llenar. O aquellos que son inflexibles con los demás y que jamás se plantean modificar ningún ápice de su personalidad porque todo lo que de ellos se desprende es bueno (al contrario que el resto, que debe mejorar de continuo).
En el último capítulo de “Mujeres desesperadas”, Tom Scavo, el marido de Lynette (la pareja más sólida de la longeva serie), le pregunta a su mujer si tal vez ella no pertenece a ese grupo de “los no felices”, al tiempo que ésta reflexiona para darse cuenta de que sí, de que había pasado toda su vida con una venda en los ojos que le impedía ver que no eran los de enfrente, sino ella misma, quien debía rectificar su actitud. Una conclusión a la que, aunque sea tarde, merece la pena llegar.