Todos hemos visto a Pepe Sacristán en alguna película de las de los años 60, o de las de los años 70, o de las de los 80, los 90… Muchas décadas y muchos rodajes a sus espaldas para el cine y, claro está, para la televisión. Sin embargo, donde de veras yo creo está la grandeza de este actor (igual que les pasa al resto de intérpretes), es en el teatro, sobre las tablas de escenarios como el Lope de Vega, donde el jueves se realizó el estreno nacional de “Muñeca de porcelana”.
Una historia sobre política, sobre políticos, sobre el poder y, en especial, sobre cómo un señor bastante madurito puede, perdiendo la cabeza por una jovencita, arruinar su vida y su carrera en cuestión de los 90 minutos que dura la fantástica representación. Ahí Sacristán despliega todo el abanico imaginable, y hasta inimaginable, de recursos actorales en gesto y voz demostrando una vez más lo que ya sabemos: que es de los más grandes artistas de este país.
Más allá, el argumento de la obra deja bastante claro cómo alguien de menos edad puede llegar a dominar a otro mayor solo por hacerle el regalo de la frescura de su naturaleza. Yo, que he pasado por ahí, hace tiempo que llegué a la conclusión que, en esas mismas circunstancias, mi veteranía y el atractivo que creo me ha dado el paso del tiempo no son “moco de pavo” para quienes hayan nacido después de mí. Prefiero ser de verdad, y que me lata el corazón en el pecho, a ser un “muñeco” sin alma.