El actor sevillano representa los días 5 y 6 de marzo en el Teatro Quintero la obra “Eterno Miguel de Molina”, un emocionado homenaje a uno de los grandes precursores de la copla
Con apenas 20 años, Miguel Caiceo dejó atrás su ciudad natal para marcharse a Madrid y buscar fortuna con el objetivo de cumplir el sueño de trabajar en una de sus grandes pasiones: el teatro. Pronto se hizo un hueco en la escena nacional interpretando personajes con todos los grandes de la escena del momento como Florinda Chico, Jose María Rodero, Pepe Bódalo, José Sasa, Antonio Marisa, Irene Gutiérrez Caba, o Nati Mistral… Una pasión teatral que con los años ha ido compaginando con otra de sus grandes aficiones, la pintura, donde se ha consolidado como un gran artista contemporáneo.
—¿ Cómo surge la idea de la obra?
—Una de mis pasiones siempre ha sido la copla y todos los personajes que han hecho historia en ella. Casi todos me vuelven loco e incluso he trabajado con ellos. Particularmente, la figura de Miguel de Molina me atrajo mucho en mi juventud por ese halo de “prohibido” que le rodeaba en la época que me tocó vivir. Para mí fue maravilloso descubrir a este cantante, con esa forma tan sublime de expresarse, tan transgresor a la hora de vestir y tan contundente en la forma de cantar. Creo que a este andaluz nunca se le ha hecho realmente justicia y con esta obra encontramos la excusa oportuna para rendirle un merecido homenaje. Su vida fue muy teatral, llenas de altibajos, con amor y desamor, éxitos y fracasos… Un poco como la vida de todos y por eso, junto a Chicky Alvárez, hemos querido poner en pie esta obra con mucho cariño y respeto hacia el artista malagueño.
—¿Qué significó Miguel de Molina para la copla?
—Era un hombre con un gusto extraordinario. Creo que fue un precursor y un revolucionario en el género donde lo dignificó con ballets y decorado en condiciones. Además fue un transgresor en la moda. Antes que David Bowie, Miguel ya se ponía una ropa muy adelantada a su época.
—¿Es más difícil hacer reir al público ahora?
—Sin duda vivimos en una época muy convulsa. Salen problemas por todos lados y la gente está desganada. Creo que venir al teatro a ver nuestra obra es una buena oportunidad para que el público se enganche y pueda liberarse de estas tristezas.
—¿Echa de menos la televisión?
—La verdad es que no. Estoy muy agradecido por participar en cualquier programa y nunca diré que no a colaborar o a cualquier proyecto pero creo que el teatro y la pintura sacian mis inquietudes plásticas y artísticas por el momento.
—¿Se siente profeta en su tierra?
—Esta ciudad es la mía y es donde quiero morirme. Me siento muy querido y admirado pero de ahí al reconocimiento por parte de instituciones queda un largo trayecto y eso es mucho más complicado. De momento me quedo con la sonrisa y los abrazos de la gente que me encuentro por la calle.