Mi padre es esa persona que, durante mi infancia, cometió errores conmigo que me consta que le pesaron. Igual que también es esa persona que, siendo justos, hizo muchas cosas bien para convertirme en el hombre que soy. Por eso, perdonando lo malo –que solo sirve para alimentar vanos rencores-, voy, por primera vez en mi vida, a dedicarle algunas líneas coincidiendo hoy con San José, día de los papás.
Así, entre lo más positivo que mi padre me proporcionó, se encuentra su rectitud en lo que a la educación se refiere, dejándome clara desde el principio la importancia del estudio y de contar con una buena base para estar preparado en la vida. Ésa fue la razón de que mi colegio fuera un centro, los Salesianos, para cuyos pagos mensuales en mi casa hubo que hacer no pocos sacrificios buscando el que yo tuviera una excelente formación.
Luego vinieron cosas que no escuché, como su amor al deporte –que también quiso inculcarme y que, por rebeldía, no asumí hasta mucho más tarde- o la importancia de la familia –a la que he vuelto como árbol que necesita la profundidad de sus raíces para seguir creciendo-. Hasta que una tarde, sin saber cómo ni por qué, la niebla de pronto se va y empiezas a ver con claridad quiénes son los que de verdad importan. Y ahí descubres que solo te ha querido quien, aun a riesgo de perderte (por no gustarte lo que tenía que decirte), siempre quiso lo mejor para ti. Una lección vital que solo el tiempo puede enseñarnos.