En general son muchas las dudas que tengo pero, que el amor existe, no está entre ellas. Lo que pasa es que no creo que este sentimiento, histórico y universal, se encuentre donde solemos pensar que se encuentra pues, la mayoría de las veces, eso que señalamos como amor suele tener más que ver con la atracción física –y con un cierto interés por cubrir determinadas expectativas vitales- que con la grandeza inconmensurable de lo que, algo tan grande, supone. Así, para mí, el amor más puro está, por un lado, en lo que un padre o una madre sienten hacia un hijo, y, por otro, en lo que sucede cuando, con la juventud bastante lejos, nos sigue uniendo (o nos une, de repente) a otra persona.
Eso mismo que he visto esta semana en Isabel y Antonio quienes, con 62 y 71 años, llevan un año y medio viviendo juntos y, el día 4, se casarán en el ayuntamiento de Sevilla teniendo como padrinos al hijo de él y a la hija de ella, que no es otra que la estupenda Joana Jiménez. Orgullosa debe estar la que fuera ganadora de la primera edición de “Se llama copla” viendo a su mamá, separada ya hace tiempo, tan feliz por compartir su camino con este señor viudo al que ha devuelto el brillo en los ojos haciéndole unos alcauciles con albóndigas que “quitan el sentío”.
Antonio cuidó de su mujer, enferma durante mucho, hasta que ésta falleció pero ahora tiene quien cuide de él. A Isabel le rompieron el corazón pero ahora se lo acarician con mimo. Porque cuando plantas semillas de bondad, tarde más o menos, el fruto bueno, llega. A las pruebas me remito.