¿No les ha pasado nunca que, cuando ha pasado el tiempo, una experiencia pasada adquiere una nueva dimensión y, de pronto, concluyes que no fue para tanto? A mí, por ejemplo, me viene muy a menudo ese pensamiento sobre situaciones que llegaron a hacerme la vida casi “imposible” y de las que hoy no solo hasta me río sino que me han llevado a quitarme poco el sueño por nada pues, para ver el calado de algo, solo debes tener paciencia… y esperar.
En el colegio me llamaron muchas cosas –algunas no muy agradables- y algunos de mis compañeros se portaron bastante regular conmigo pero, al menos en mi generación, no existía eso del “bullying” que acaba de inspirar un programa de televisión en el que, Cristina Castaño y Vanesa Romero, han contado cómo sufrieron acoso escolar “por ser diferentes”. Los niños, esos pequeños seres a la vez adorables y crueles, no tienen inconveniente en abrir la boca y soltar lo primero que se les viene a la cabeza (y más cuando están en grupo, que se sienten más fuertes). Sin embargo, en dicha etapa uno no tiene las estructuras mentales para poder afrontar estas situaciones como luego, cuando el camino te va enseñando que los seres humanos que se comportan así -y de mayores muchos continúan esas actitudes-, son ellos los verdaderamente débiles, asustadizos y miserables. Gracias a grandes sabios como Gandhi empiezas a entender que en el perdón está la fortaleza, lección que, por desgracia, solo está al alcance de las almas más evolucionadas.