La justicia es lenta y, lamentablemente, no siempre justa. Sin embargo, yo soy de los que creen en que, tarde o temprano, todas las cosas se ponen en su sitio porque hay una justicia de la que nadie escapa: la justicia universal. Eso es lo que creo que le ha pasado en estos días a Mónica Pont a la que Lucía Etxebarría llamó “prostituta de lujo” en 2013, acusación tras la que la actriz puso el tema en manos de sus abogados y que le ha costado a la escritora el pago de diez mil euros (más unos 2500 de costas).
Satisfecha con el resultado, Mónica –la cual, inicialmente, pedía 30 mil euros como indemnización-, debiera recibir también las disculpas de Lucía y algún tipo de resarcimiento público que, aunque pese para siempre sobre sus espaldas el “di que algo queda”, colabore a resarcir algo de lo que tales palabras pudieran haber perjudicado a su imagen. Sin embargo, dudo que eso llegue nunca.
Porque, sin saber si será el caso de Etxebarría, hay gente no sabe pedir perdón. Igual que hay quien se dedica a abrir la boca y soltar lo primero que se le viene a la cabeza no solo sin medir las consecuencias sino sin ni siquiera saber a ciencia cierta si lo que está comentando es verdad o no. Eso, yo que he pasado por esa desagradable experiencia, genera una frustración que puede llegar a apretarte el pecho tanto que casi te ahogue. Hasta que, de pronto, te vuelves inmune contra ese veneno del insulto y te das cuenta que, quien te lo lanzaba, lo hacía con un “boomerang” de ida y vuelta.