“La” Pantoja es libre. Ha cumplido su condena y por tanto, cara a la sociedad, con su castigo económico (y, sobre todo, físico y moral), ha penado su falta. Eso quiere decir que, aunque no sea el mismo caso –y salvando las distancias-, como le sucedió a “Farruquito” en su momento, NADIE tiene por qué estar recordándole o haciéndole pagar de continuo por el que, lo miremos por donde lo miremos, ha sido el gran error (o cúmulo de errores) de su vida.
Claro que hablar es libre y hacer daño hablando, también. Es más, si se condenara a todos los que, con sus comentarios, destruyen (o lo intentan, al menos) a otros, las cárceles no tendrían sitio para meter a tantos “delincuentes de la palabra”. Y esto lo digo, como también lo compartirán muchos de ustedes, por experiencia. Por haber pasado muchos desagradables tragos de escuchar cosas sobre mí que no podían estar más alejadas de la realidad pero antes las que uno solo puede encogerse de hombros… y pasar.
Luego, conforme transcurre el tiempo, más pasas y menos te encojes de hombros para no tensionarte de más o buscarte una contractura. Y empieza a darte pena esa gente aburrida y malvada que, al final, lo que está es obsesionada contigo porque, posiblemente, envidian o temen (o lo mismo las dos cosas a la vez) eso que ven de ti y que tan nerviosa le pone. A ellos, les digo igual que les diría Isabel aquello de “que se busquen a otro”… ¡Pesados!
