A un paso de cumplir los cincuenta, Julia Roberts ha vuelto a ser elegida esta semana la mujer más bella del mundo, según la revista “People” la cual, por cinco veces ya, considera que la actriz es merecedora de esta distinción. Una grata noticia para ella, por un lado, y para todos los que vamos cumpliendo años y pensamos que eso de la belleza, lejos de estar unida a la juventud o a determinados atributos físicos, es una cuestión interior que, tarde o temprano, termina aflorando al exterior.
Y les pongo mi caso como ejemplo. Durante mucho estuve muy, muy delgado (excesivamente). Hacía programas de televisión y siempre recibía muchísimos piropos por parte de las espectadoras (así en femenino, sobre todo), que, según ellas, me consideraban un niño muy guapo. Luego, cuando recuperé peso –y empecé a ver con distancia fotos de esa etapa-, sufrí un choque brutal porque no me veía nada bien pero después, pensándolo con tranquilidad, lo entendí pues era mi bondad y mi inocencia lo que provocaban esa respuesta en quienes me seguían.
Todo termina saliendo y hasta el menos afortunado en su exterior puede gustar si él (o ella) se gusta. Porque no hay quien se resista a la luz que nace del corazón y que, en el caso de la protagonista de “Pretty Woman”, debe ser mucha y muy poderosa. Su alma se asoma a través de una sincera sonrisa que, aún hoy, sigue conquistando a quien la contempla. Y por mucho tiempo.