La duquesa de Alba hubiera cumplido hoy 92 años coincidiendo con esa Semana Santa a la que, durante toda su vida, fue incondicional
Nació en Madrid un 28 de marzo de 1926 pero fue a Sevilla, la ciudad en la que falleció el 20 de noviembre de hace cuatro años, a la que entregó su vida… y su obra. Amaba nuestras calles y a nuestra gente. Y era una incondicional de nuestras tradiciones. Por eso no solía perderse la Feria de Abril y, sobre todo, la Semana Santa, días que para ella eran muy importantes por su vinculación a la Hermandad de los Gitanos la cual, todos los Jueves Santos en la Madrugá, paraba a la puerta de su Palacio de Dueñas para recibir el beneplácito de la que ha sido una de sus principales benefactoras.
Una mujer que hoy hubiera cumplido 92 años y que, hasta el último instante, aprovechó cada minuto demostrando que, por encima de sus múltiples cargos nobiliarios, del lujo, del dinero y de la fama, nada le motivaba tanto como vivir. Y así, lo mismo se marchaba a la playa, que a la India, que aprendía a dar pasos flamencos o pintaba o se le veía en eventos benéficos, intentando arrimar el hombro en cada causa que la reclamaba. Para eso fue la “duquesa hippy”. Ésa que se casó en tres ocasiones, la última ya superando las 80 “primaveras” y con un señor, Alfonso Díez, un cuarto de siglo menor que ella. Sin embargo, esa “amistad especial” que les unió les mantuvo codo con codo hasta que la muerte nos la arrebató.
Aunque resistirse a irse, se resistió, superando todo tipo de baches de salud, como la isquemia cerebral y la hidrocefalia que le sobrevineron a los 82 y que incluso la llevaron a necesitar una silla de ruedas –que nunca le impidió continuar su ritmo habitual- para desplazarse. No quería despedirse, dejar de estar al lado de sus seis hijos, de su Eugenia Martínez de Irujo, de su Cayetano, de sus nietos, de sus seres queridos. De compartir instantes con su amiga íntima, Carmen Tello. De asistir a corridas de toros. De ilusionarse como una joven cuando, tras su tercera boda, le cantaban fuera de su casa y arrancaba a bailar descalza. Ni siquiera quería abandonar a tantos periodistas como la siguieron sin descanso, pidiéndole declaraciones y hasta, en alguna ocasión, provocando su enfado.
Nada queda de aquello. Y queda todo. El recuerdo, la oportunidad de haberla tenido cerca y de que formara parte de nuestra época. Una Grande de España más por su corazón que por sus riquezas materiales. El mejor legado para pasar a la historia.
