Hay un poema de José Luis Borges llamado “Con el tiempo” donde explica el escritor que, solo con la perspectiva de la distancia, aprendemos a valorar muchas de las cosas que, en el día a día, tenemos tan pegadas a nuestras narices que es imposible sepamos darle su auténtica dimensión. Por eso en las filosofías orientales se habla tanto de la importancia de la paciencia y de cómo con ella podemos hallar las respuestas a todas las preguntas que se nos pasan por la cabeza.
Claro que eso no impide que aprendamos a base de errores y que, a veces, las decisiones que tomamos tengan consecuencias no siempre subsanables. Sea como sea, no hay algo más hermoso que darnos cuenta de un error y rectificarlo, tal y como le ha pasado a Cayetano Martínez de Irujo esta semana cuando acudía a una exposición que, sobre su madre, se inauguraba en Sevilla. El hijo de la duquesa de Alba, el cual siempre ha sido muy esquivo y arisco con la prensa, no pudo sino emocionarse ante los periodistas recordando a una mujer que, ahora que ha fallecido, ha podido entender.
Y es que el jinete, aunque su progenitora le avisó, no imaginaba ni por asomo el cariño que a ella se le profesaba. Una admiración que se le hace llegar continuamente y que no ha hecho sino abrirle los ojos hacia incluso Alfonso Díez, del que ha alabado lo feliz que hizo a su viuda hasta el final de su vida. La única pena es que Cayetana no haya disfrutado este cambio de actitud.