Hace unos años –bastantes ya-, publiqué el que fue mi primer libro, “Cuestión de suerte”, en un momento en el que comencé a lograr que personajes muy populares visitaran por vez primera los platós de una televisión local. Eso que hoy se ve como normal, hace casi dos décadas – ¡madre mía cómo pasa el tiempo! -, no solo no era nada habitual sino que costaba muchas gestiones y, claro está, mucho esfuerzo y mucha constancia. Y como todo el mundo me preguntaba cuál era la clave de aquel pequeño éxito, decidí plasmar la gestión de algunas de esas entrevistas (en las que estaban desde Mónica Naranjo a Raphael pasando por Concha Velasco o Pastora Soler) en el texto que les mencionaba.
Esta semana, mi querido amigo Fran –con el que charlo bastante a menudo de las cosas de la vida-, me planteaba eso mismo, esto es, en qué medida la suerte interviene para que logremos según qué objetivos porque, él que me quiere mucho, siempre espera que me vaya aún mejor todo. Pero el triunfo es algo muy relativo y, para mí, dedicarme a lo que me gusta, tener quien me admira y me quiere y poder expresarme con más libertad que mucha gente es tan satisfactorio que tampoco anhelo ir más allá. Como una vez me explicó Nati Mistral, hay que ambicionarlo todo pero conformarse con muy poco.
Eso sí, les aseguro que a nadie que haya escrito su nombre con mayúsculas en el ámbito que sea le ha venido nada ni rápido, ni regalado. Es más difícil echar abajo un edificio sólido que uno con cimientos de papel.