Admiro y envidio, a partes iguales, a Isabel Preysler. Y los dos sentimientos nacen de lo mismo. Por su elegancia y saber estar innatos, por el aura de misterio de la que ha sabido revestirse, por cómo ha ido eligiendo a sus parejas “in crescendo”, por su manera de hablar tranquila y serena, por saber controlar y controlarse en todas las situaciones, por cumplir años con una dignidad fantástica (esta semana ha llegado a los 65), por llevar varias décadas reinando en las crónicas de sociedad estando pero sin hacer ruido… Y, sobre todo, porque lo que en otra gente lo mismo se vería mal y se criticaría, en ella queda bien y hasta excelso.
Fue la pareja perfecta de Julio Iglesias, sobre el que nunca ha hablado ni un “sí” ni un “no”; pasó al lado del marqués de Griñón sin despeinarse; dio una lección de amor con Miguel Boyer (al que cuidó con mimo hasta el final) y ahora se ha convertido en el complemento perfecto de un escritor como Mario Vargas Llosa, que ha roto su matrimonio de toda la vida por compartir esta última etapa junto a esta mujer a la que nadie ha logrado arrebatarle su trono de corazones.
Dicen que la línea de cremas por la que apostó no es especialmente buena pero eso da igual porque todos sabemos que no está ahí su secreto de belleza. Comentan que ha pasado apuros económicos pero lo cierto es que su “estrella” nunca se apaga. Tiene la “llave del éxito” y punto. Y mucho me temo que, hasta el final, seguirá poseyéndola. Porque ella puede.