Ayer contrajeron matrimonio, por fin, Eva González y Cayetano Martínez de Irujo. La verdad es que tengo muchos amigos que han ido al enlace y, en general, todos han coincidido en la insistencia de ella por mantener el secretismo del evento. Yo, en el fondo, me he cuestionado durante todo este tiempo el porqué de tanto misterio puesto que tampoco se trata de una cuestión de Estado. Es más, si yo me casara –algo poco probable viendo el panorama-, me lo tomaría como una sencilla fiesta para disfrutar (y que disfrutaran de ella).
Así que, para mí por lo menos, nada de tener que ir obligatoriamente de chaqué. Eso para empezar. Que cada uno se pusiera lo que quisiera puesto que, en gestos como ése, está la riqueza de la diversidad que a mí tanto me gusta. Otra cosa que tampoco querría sería ni una lista de regalos, ni el número de cuenta para el consabido ingreso económico, gestos que se agradecen pero que no considero necesarios en la que se supone es la celebración del amor que sientes por alguien. Comida con un bufé, aire libre, naturaleza y muchas risas y mucha complicidad alrededor completarían esta pequeña fantasía que pasaría por una ceremonia, sería mi único capricho, que se iniciaría con la marcha nupcial de “Sonrisas y lágrimas”, cursi pero tan emocionante…
De todas formas, con sus pamelas y su etiqueta, con su menú de “Masterchef” y sus invitados de postín, seguro que la de Eva y Caye habrá sido maravillosa e inolvidable con lo que solo queda aquello de… “¡Vivan los novios!”.
