No me gustan las palabras definitivas. No me gusta el “siempre”, el “nunca”, el “jamás” porque nunca se sabe lo que puede pasar y lo que puede cambiar de aquí a antes de que incluso terminen de leer esta columna. Y esto es tan así que esta misma semana (el jueves a las doce de la madrugada) varié de opinión y me empezó a apasionar un “Jamás” concreto: el que Mónica Naranjo ha utilizado para titular el “single” de su nuevo trabajo, “Lubna”, que verá la luz, siete años después de empezar a trabajar sobre él, en enero.
Un tema sinfónico en el que queda de manifiesto lo bien que ha sabido madurar esta diva que, de joven de pelo bicolor, poco a poco se ha ido convirtiendo en la dama de la música que hoy es, evolucionando en cada etapa que le ha ido tocando y, eso siempre, dando lo mejor de sí misma. De eso se trata. De crecer, de aprender, de rectificar cuando toca… De ser cada día la mejor versión de uno mismo.
A medio camino entre la televisión y los escenarios, Mónica acaba de “dar a luz” a otro hijo discográfico y, quién sabe, lo mismo 2016 también pudiera traerle uno de los de carne y hueso junto a su marido, Oscar (padre a su vez de un chaval que la artista siente como propio). Conocer a ambos ha sido una de las sorpresas que el destino me reservaba. Porque, cuando uno se deja llevar, el barco de la vida te acerca a puertos de los que, aunque ni tú mismo te hubieras planteado atracar, no quieres irte… jamás.