De lo mejor que tengo en mi personalidad está poseer “rencor cero”. De hecho, lo malo que me han hecho algunas de las personas que me he encontrado en mi camino lo tengo prácticamente olvidado y, si no, muy compensado por lo bueno que me han aportado. Y aunque en los últimos tiempos he descubierto que hay quien se envenena instalado en el rencor, a mí me ha ido muy bien así y eso es algo que no quiero cambiar. Por eso me encanta ver fotografías de épocas pasadas y volver a encontrarme en ellas con los protagonistas de esos irrepetibles instantes que tanta felicidad me aportaron. Y no desde un sentimiento de nostalgia por querer regresar a entonces sino desde el agradecimiento de haber pasado por todo eso y, a día de hoy, seguir aquí para contarlo.
Así que no entiendo muy bien por qué la gente, como Fernando Alonso y Lara Álvarez, borran de sus redes sociales las instantáneas que se hicieron y que reflejaban el amor que el uno al otro se profesaron. Es como si te arrepintieras de haber pasado por esa experiencia, como si quisieras de esa forma arrancar de su cabeza el recuerdo de una relación supongo que guiados por aquello de que “ojos que no ven…”. Sin embargo, una foto no tiene más valor que el que uno quiera darle y negar esos instantes es como negar tu propia vida.
Actuar como niños, guiados por infantiles revanchas, no es la solución de ningún problema. Es solo una rabieta que, como tal, pasará cuando aceptemos que, aun perdiendo, queda la victoria de los buenos momentos.