Si me muriese inesperadamente en este mismo instante en el que están leyendo este texto (o estuviera muerto ya y ni siquiera se supiera aún), estoy seguro que hay varias personas que lo pasarían mal sabiendo que me fui sin haberme dicho cosas que querían decirme y sin haberme dado los besos y abrazos que desearon darme. Por mi parte, en este sentido, me habría marchado bastante tranquilo habiendo compartido con la gente que quiero mis sentimientos hacia ellos. Porque, y no sé por qué se me repite este pensamiento tanto en los últimos tiempos, cuando llega el momento, llega, y no hay marcha atrás.
Eso mismo es lo que le pasó a Ana Obregón con Fernando Martín, amor de su vida con el que rompió su relación justo antes de que éste falleciera en un accidente y se fuera de este mundo sin saber que, en realidad, ella le seguía queriendo y todo había sido fruto de esos juegos que en asuntos del corazón nos gustan tanto y que no son sino un carrusel infernal de mentiras, prejuicios, malentendidos y orgullos. Lo confesó la actriz y bióloga –por fin con título demostrado-, en el programa de Bertín Osborne y nos dejó a todos conmovidos ante tan traumática experiencia (de la que nunca se ha llegado a recuperar).
Tal vez por eso Anita se recluyó más aún en sus fantasías. Para olvidar una realidad que, al menos habiendo sido sincera, no le habría dejado tan agrio sabor de boca. Contradicciones del ser humano.