Los “demasiado” importantes son esas personas que creen que se merecen más que el resto. Aquellos que piensan que han nacido tocados por la varita “mágica” de la belleza, la riqueza, la juventud o la inteligencia. Esos que nunca aceptan una crítica (aunque ellos sí critican a los demás), que no saben perdonar (pero a los que sí hay que perdonarles todo) o quienes solo tienen exigencias para los que les rodean. En definitiva, los seres humanos que no han aprendido aún que la vida es mucho más limitada de lo que parece y que todos los actos, absolutamente todos, acaban teniendo, tarde o temprano, sus consecuencias.
Por eso admiro tanto a la gente sabia, a los que tienen cosas que enseñarte sin pretenderlo, y a los que gozan de un sentido del humor tan estupendo como el que siempre tuvo Marujita Díaz. Fallecida el martes pasado, la artista hizo de todo a lo largo de su carrera (cantó, bailó, interpretó, produjo…) pero, por encima de su obra, destacó por su travieso movimiento de ojos, por ponerse el mundo por montera y, lo mejor, por saber hacer algo tan fácil –y, a la vez, tan complejo-, como reírse de sí misma.
La conocí, la entrevisté y hasta la premié –por recomendación suya- una feria de abril a la que acudió vestida de ¿flamenca? como nunca hasta entonces había visto. Para ella unas palabras de cariñoso recuerdo mientras sonrío agradecido por ser “poco” importante. El otro extremo sería demasiada responsabilidad.