Mónica Naranjo ha vuelto esta semana a Sevilla y, de nuevo, la ha liado con la multitudinaria firma de discos que ha realizado en nuestra ciudad para promocionar su nuevo disco, “Lubna”. Una cita que he seguido desde la distancia –me encuentro pasando unos días en Amsterdam- y de la que me informó, como siempre Oscar, el representante y, a la vez, esposo de la cantante (con el que, por cierto, tengo pendiente una cena…).
La artista, que ha ido separándose cada vez más de ese personaje que era, solitario y atormentado, ha dado paso a la mujer, una integrante más del fantástico equipo que forma con su marido y con el hijo de éste (y suyo, a la vez), Aitor. Y así, es una maravilla escucharla hablar con la pasión que habla de los suyos, verla tan realizada como madre y tan feliz como compañera de un hombre al que no solo quiere sino a quien, sobre todo, se nota a la legua que profesa una admiración incondicional (y, por si fuera poco, mutua).
Menos Naranjo, más Mónica. Una transición muy acertada gracias a la que hemos descubierto a la persona tras la diva y que, en plena madurez, es un buen referente en lo que a humanidad se refiere. Sin esconder sus sombras, la intérprete es un faro que brilla hoy más que nunca, demostrando con su luz que el amor de verdad no se oculta, se comparte con los demás para que no olvidemos que los sentimientos, si son buenos y puros, pueden curar cualquier herida. 