Todo lo que he escupido al cielo, me ha caído en la cara. Y lo dejo bien claro –por si a alguien le quedara alguna duda-: estoy ENCANTADO de que eso haya sido así porque, gracias a estas paradojas de la vida, he podido crecer mucho como persona y, sobre todo, darme cuenta de lo absurdos y contradictorios que podemos llegar a ser.
Por eso no me extraña nada cuando veo casos como el de Antonia Dell´Atte afirmando en el pasado a boca llena que jamás hablaría con Ana Obregón para, años después, compartir con ella una entrevista y un posado en la revista “¡Hola!”. O tampoco me resulta raro recordar a Isabel Pantoja sonriendo ante los periodistas mientras lanzaba aquel “dientes, dientes, que es lo que les jode” del que, seguro, tanto se habrá arrepentido ahora que está en una situación tan desfavorable ante la opinión pública. Eso, por no hablar de los discursos políticos (que cada vez se “cuelan” más en secciones como ésta), que dicen y desdicen todo con una facilidad pasmosa y en menos que canta un gallo.
Es así. Igual que las palabras son engañosas, la soberbia (que es de lo que tratamos, al fin y al cabo) es un “boomerang” que nos abofetea cuando menos lo esperamos con aquello de lo que siempre habíamos renegado. Así que, que nadie se piense libre de su karma porque, tarde o temprano, hará acto de presencia. Podremos asumirlo con humildad o revelarnos contra él aunque, si toman ese camino, tengan claro que, hasta que aprendan, volverán a mojarse con su saliva.