Desde siempre me ha gustado Silvia Abascal. Reúne ella muchas de las cosas que me atraen de la gente con lo que, cuando se supo que presentaría la gala del Festival de Cine de Málaga que se celebra estos días, me dio mucha alegría (aparte de que me pareció un gesto precioso por parte de la organización del evento).
Para empezar, la actriz es una mujer muy elegante. Elegante no solo en el vestir –que eso casi puede ser lo de menos en una persona-, sino en la forma de ser, en la forma de mirar, de hablar, de comportarse. Me decía hace poco Nieves Álvarez que le sorprendía que muchas veces le alabaran su exquisita educación porque, en realidad, debiera ser lo normal. Y a mí, que estoy de acuerdo con eso, me viene a la memoria una frase que afirma que “La buena educación es como el perfume de las rosas, se percibe desde lejos” (y que encaja como un guante en el perfil de mi admirada Silvia).
Pero más allá, “la” Abascal es tremendamente valiente y luchadora. Una persona, como los juncos, que parece frágil pero que no puede abatir ni la más violenta tempestad. Y ahí están las pruebas pues, tras sufrir un ictus hace cuatro años en el mismo escenario malagueño al que ha regresado estos días, la intérprete no ha cesado en su empeño de recuperarse y de volver a ser no la que era, sino un ser humano mejor, más maduro aún, y más comprometido con ella misma… y, compartiendo en un libro su proceso de recuperación, con la sociedad. Un ejemplo a seguir en todos los sentidos.
